Estoy en Jerusalén, año 200 después de Cristo.
Soy una mujer de mediana edad, mis manos están arrugadas, se nota que trabajo mucho. Llevo las ropas propias de la época, oscuras, con manga larga, falda larga y la cabeza cubierta como la llevan las mujeres.
Lo primero que veo es como toco el muro de piedra que rodea la estancia a la que voy a entrar, acaricio estas piedras como si significaran algo para mi, seguramente era un sitio importante de aquel lugar. Dicho muro rodea una estructura rectangular, amplia, también de piedra y con unas puertas muy grandes que están abiertas y el sitio es luminoso. Todo el suelo también es de piedra.
En dicha estancia hay una gran mesa rectangular y larga, a su alrededor hombres sentados debatiendo. Estos hombres van vestidos de formas diferentes, unos van con el traje típico de la época y lugar y otros llevan manga corta y llevan la cabeza descubierta, sus ropas son marrones, de verano y no parecen de allí.
Mi trabajo consiste en servirles vino y comida, mientras ellos discuten. Están debatiendo qué contar sobre Jesús, pues si decían que escapó entre la muchedumbre, los romanos quedarían como estúpidos, así decidieron contar al mundo que Jesús fue apresado y crucificado, no por razones que después serían religiosas, sino para no dejar en mal lugar a los romanos.
Pude ver al reptiliano disfrazado de hombre que acompañaba a Jesús en su peregrinaje doscientos años atrás, no decía ni comía nada, solo estaba allí, observando, o quizás influyendo en las mentes de esos hombres que seguramente pensaban que eran inteligente y sabían qué era lo mejor para todos.
26/09/2015
MARÍA MARTÍNEZ RUIZ
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