Lo que me llama la atención de esta vida,
es que las grandes guerras no siempre se ganan en el campo de batalla. Las
conspiraciones y los crímenes secretos que cambian el curso de la historia,
casi siempre permanecen ocultos y enterrados bajo tierra.
Hechos acontecidos en Cádiz, sur de
España, en el año 700 d.C. de alguna manera, este hecho cambió algún
acontecimiento importante.
Me llamo Aito, soy un hombre joven, de
unos veinticinco años, robusto de manos fuertes y mi ropa está algo desgastada.
Voy a caballo por una senda de tierra rodeada de vegetación. Delante de mí, en
su caballo, va mi jefe, al que yo llamo
demonio y Lucifer, pues es malvado y un asesino despiadado.
Este hombre lleva un casco de metal que le
cubre la cabeza y los ojos, pero no el rostro. Tiene la mandíbula ancha y los
ojos azules, de unos treinta y tantos, es atractivo y corpulento.
Me choca que la parte del casco que
cubre los ojos es como un antifaz o algo así, sobresale unos dos centímetros
del casco, lleva algún tipo de dibujo grabado y finaliza en forma puntiaguda. Es
algo extraño que nunca había visto antes, posiblemente ese casco sea personal y
solo hayan fabricado uno especialmente para ese hombre.
Tras la senda de tierra, la vista se
despeja y contemplo un bonito atardecer. Se ve el mar a nuestra derecha, sus aguas
chocan contra un acantilado bajo, por el que transcurre un camino estrecho que
nos conducirá a nuestro destino.
Contando al jefe somos cinco y lo
siguiente que veo es que estamos sobre una loma agachados, vigilando un
campamento militar que está frente a nosotros como a un kilómetro de distancia,
cerca del mar y las rocas. En la parte donde está ubicado el campamento no hay
acantilado, es una zona más baja con fácil acceso al mar.
El campamento tiene una tienda central más
grande que las demás, debe de ser la de su jefe. Dichas tiendas son de color
claro, circulares y verticales hasta la altura del techo, donde la tela hace
ángulo, se eleva y une en un único punto central. *(Parecida a las carpas de
los circos)
El motivo por el que estamos allí, es
para ayudar a mi jefe a matar de forma clandestina al capitán de los soldados
que hay allí. Sabe que si mata al cabecilla, el resto de soldados no sabrán que
hacer y serán fáciles de liquidar más tarde.
Esperamos a que caiga la noche oscura,
matamos silenciosamente a todos los soldados que se cruzan en nuestro camino y
a los que vigilan. Mi jefe tiene una
gran sable que maneja de forma magistral con su juego de muñeca.
Tras matar al capitán de los soldados,
volvemos a escondernos en la loma a esperar que los soldados se dispersen,
sabemos que muchos cogerán caminos diferentes y entonces los liquidaremos.
No debe de quedar rastro alguno de que
estuvieron allí, así quien los esperaba pensará que ha sido engañado, pues no
recibió la ayuda acordada, ya que a estos soldados los manda alguien como
apoyo.
Por cierto, me adelanto en el tiempo y
mi jefe me corta la cabeza con su afilado sable, con la mano derecha lo lleva a
la altura del hombro izquierdo y con un movimiento limpio, mi cabeza da vueltas
por el aire y yo paso a mejor vida.
Muchas gracias y hasta la próxima.
MARÍA MARTÍNEZ RUIZ
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