De esta vida destaco que en las
guerras el malo siempre es el del bando contrario, pero ¿cómo podemos saber que
esto es así? A veces el supuesto enemigo es más digno de nuestro respeto que
los que nos dicen como tenemos que morir.
Lo primero que veo es algo parecido a un túnel cuadrado y oscuro, después
unas lucecitas brillantes dan paso a un cielo con hojas de arboles, es entonces
cuando veo que ante mí, un hombre con armadura va a caballo, me miro y veo que
yo también llevo una. Apenas puedo ver por la estrecha abertura rectangular y
con el movimiento del caballo, el casco se mueve y no veo nada.
Me cuesta mucho respirar, apenas me llega el aire y creo que me voy a
asfixiar si no me quito el yelmo. El metal del traje deja pasar el calor y es
horrible estar allí encerrado. Tengo 23 años y no soy alguien importante, voy
detrás del que da las órdenes.
A mi izquierda hay un pinar de gran extensión, y dos filas de soldados con
armaduras que relucen con los rayos de Sol que penetran a través de los pinos. A la derecha, dirección Este, queda situado el
pueblo al que tenemos que liberar, estamos en alguna parte de Granada. Yo me coloco al final de
todos los soldados, sigo teniendo necesidad de quitarme el casco, casi no puedo
respirar.
En algún momento de mi angustiosa espera, los demás se van a la batalla
pero yo me quedo allí tirado, pues al final me desmayo y caigo al suelo antes
de poder seguirlos. Casi de noche, alguien me quita el casco y la parte del
traje que cubre mi pecho, respiro y recobro el conocimiento.
Miro al hombre que me ha quitado el yelmo y es entonces cuando noto un
dolor fuerte en el centro del pecho, su compañero me ha clavado una daga. No
muero al instante, vuelvo a mirar al hombre que vi primero y veo como mira con desaprobación
al que me clavo la daga.
Este hombre es mi enemigo, un moro. Lleva la cabeza cubierta con un
turbante enroscado, pantalones con mucha tela recogidos en los tobillos y por
cómo va vestido, parece alguien importante entre los suyos. Tiene la barba
negra y piel muy morena, sus ojos son negros al igual que los parpados que
parece como si los llevara pintados con una raya negra como algunas mujeres.
Me cae bien ese hombre que se supone es
mi enemigo, pues en su mirada veo nobleza y valentía. Me mira como si
entendiera que es una lástima matar a un joven de esa manera, como si todo
aquello no tuviera sentido. Me hubiera gestado luchar a su lado, ser su amigo.
Ese hombre de unos treinta años decía más con una sola mirada que los hombres a
los que yo servía y por los que ahora estaba allí.
Y así, mirando aquel rostro con la expresión que debía de tener un hombre
de verdad, comencé a ver tres lucecitas revolotear frente a mí, eran mis seres
queridos que venían a llevarme con ellos. El dolor de mi pecho se desvaneció y
la paz vino a mí.
Muchas
gracias y hasta la próxima.
MARÍA MARTÍNEZ RUIZ
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