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lunes, 9 de mayo de 2016

Vidas pasadas ENIGMAS 11: ADMIRAR AL ENEMIGO

De esta vida destaco que en las guerras el malo siempre es el del bando contrario, pero ¿cómo podemos saber que esto es así? A veces el supuesto enemigo es más digno de nuestro respeto que los que nos dicen como tenemos que morir.

Lo primero que veo es algo parecido a un túnel cuadrado y oscuro, después unas lucecitas brillantes dan paso a un cielo con hojas de arboles, es entonces cuando veo que ante mí, un hombre con armadura va a caballo, me miro y veo que yo también llevo una. Apenas puedo ver por la estrecha abertura rectangular y con el movimiento del caballo, el casco se mueve y no veo nada.

Me cuesta mucho respirar, apenas me llega el aire y creo que me voy a asfixiar si no me quito el yelmo. El metal del traje deja pasar el calor y es horrible estar allí encerrado. Tengo 23 años y no soy alguien importante, voy detrás del que da las órdenes.

A mi izquierda hay un pinar de gran extensión, y dos filas de soldados con armaduras que relucen con los rayos de Sol que penetran a través de los pinos. A la derecha, dirección Este, queda situado el pueblo al que tenemos que liberar, estamos en alguna parte de Granada. Yo me coloco al final de todos los soldados, sigo teniendo necesidad de quitarme el casco, casi no puedo respirar.

En algún momento de mi angustiosa espera, los demás se van a la batalla pero yo me quedo allí tirado, pues al final me desmayo y caigo al suelo antes de poder seguirlos. Casi de noche, alguien me quita el casco y la parte del traje que cubre mi pecho, respiro y recobro el conocimiento.

Miro al hombre que me ha quitado el yelmo y es entonces cuando noto un dolor fuerte en el centro del pecho, su compañero me ha clavado una daga. No muero al instante, vuelvo a mirar al hombre que vi primero y veo como mira con desaprobación al que me clavo la daga.

Este hombre es mi enemigo, un moro. Lleva la cabeza cubierta con un turbante enroscado, pantalones con mucha tela recogidos en los tobillos y por cómo va vestido, parece alguien importante entre los suyos. Tiene la barba negra y piel muy morena, sus ojos son negros al igual que los parpados que parece como si los llevara pintados con una raya negra como algunas mujeres.

Me cae bien ese hombre que se supone es mi enemigo, pues en su mirada veo nobleza y valentía. Me mira como si entendiera que es una lástima matar a un joven de esa manera, como si todo aquello no tuviera sentido. Me hubiera gestado luchar a su lado, ser su amigo. Ese hombre de unos treinta años decía más con una sola mirada que los hombres a los que yo servía y por los que ahora estaba allí.

Y así, mirando aquel rostro con la expresión que debía de tener un hombre de verdad, comencé a ver tres lucecitas revolotear frente a mí, eran mis seres queridos que venían a llevarme con ellos. El dolor de mi pecho se desvaneció y la paz vino a mí.


Muchas gracias y hasta la próxima.


MARÍA MARTÍNEZ RUIZ




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