Esta vida no es mía, sino del sujeto
al que llamaré Luna.
Lo que destaco de esta vida, es que en
alguna parte de un desierto del Asia Central, hay pirámides enterradas de las
que desconocemos su existencia, al menos que yo sepa.
Aproximadamente es el año de Dios de
1814, vivo en un lugar junto al mar, al sur del lago “Garganta Negra”, que está
situado al Este del mar Caspio. Al sur de dicho lago está ubicada mi casa por
la provincia de Balkan, más o menos. Dejo la dirección de Google Maps por si
queréis mirarlo mejor.
Soy un hombre de 33 años, tengo siete
u ocho esposas, no lo se con certeza, moreno piel, ojos y barba negra. Llevo la
cabeza cubierta con el agal o pañuelo triangular típico de allí sujeto con un
cordón de tela negro y blanco que lo mantiene. Mi nombre lleva las letras M, A y
L
En el momento de la visión me
encuentro en un desierto, al sureste de mi casa y a unos días a camello, puede
que una semana o menos. Sobre la arena veo sobresaliendo lo que deduzco es la
parte superior de una pirámide grande. Por lo que veo, deduzco que su base tiene forma de estrella, de cuatro puntas y ocho caras, poco pronunciadas.
Tras ella veo casi sepultadas, sobresaliendo de la arena, la parte superior de una fila de pirámides más pequeñas, como unas diez que están alineadas de forma recta. Son de piedra y no están excesivamente desgastadas, “como pasa con las de Giza”, éstas están mejor conservadas o quizás son más recientes.
Tras ella veo casi sepultadas, sobresaliendo de la arena, la parte superior de una fila de pirámides más pequeñas, como unas diez que están alineadas de forma recta. Son de piedra y no están excesivamente desgastadas, “como pasa con las de Giza”, éstas están mejor conservadas o quizás son más recientes.
Me provocan muy mala sensación, pues
no se de dónde proceden, cuando comprendo que están casi enterradas, lo que
denotas que hace mucho tiempo que están allí, y que sus constructores ya no
viven, me quedo más tranquilo.
Regreso en mi camello, que es
precioso, joven, de buen aspecto y tacto suave. Me gusta mirarle las orejas
redondeadas mientras voy pensando. Voy sujetando las riendas con mis oscuras y
robustas manos. Me acompaña un sirviente que va andando y lleva un macuto marrón
a la espalda.
Caminamos por el desierto dirección
noroeste hasta que vemos la playa, que es de arena fina o eso parece. Esta
atardeciendo y el agua que dejan las olas sobre la arena brillan en varios
metros, pues la playa es plana y el agua penetra bastantes metros en el interior.
A los pies de la playa se alza una
elevación alta, casi vertical de piedra natural y en su costado hay una
fortaleza construida con muros de piedra. Es mi casa y estoy deseando llegar,
estoy cansado y hambriento, pero tengo una sensación de paz y tranquilidad
extraña.
He comprendido que cerca de allí, otros
antes que nosotros eligieron aquel lugar para vivir, y eso sería por algo, que
el mundo no es como me habían contado y que hay misterios que descubrir.
Que sepa no vuelvo a ir al lugar donde
se ubican las pirámides semisepultadas, ya vi lo que tenía que ver aquel día.
Con el tiempo, la arena cubrirá lo que queda de aquellas pirámides, y su
recuerdo se perderá para siempre en la historia.
MARIA MARTÍNEZ RUIZ
BLOG-TODOREPTILIANOS
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