En esta vida anterior mía yo era una sirena.
En el instante de mi visión sentía un miedo muy grande, sabía que algo malo iba a pasa, algo que no tenía remedio. Giré la cabeza y vi a otra sirena, que en mi vida actual es mi hermana y colaboradora en Reticulun. Me llevé un susto muy grande, pues el aspecto de esa sirena me resultó totalmente inesperado, entre el miedo que tenía en ese instante, y la sensación de ver la cara de esa sirena, me impactó.
En cuanto a esa otra sirena, ella tenía el pelo flotando alrededor de la cabeza, largo, enredado, y de color rojizo oscuro, y todo revuelto por el agua. La cara era una mezcla entre pez y humano, y los bordes de la cara eran irregulares, parecidos a los de un dragón, como si llevaran un antifaz por toda la cara cuyos bordes terminan en picos alagados que sobresalían del borde de la cara y de la frente. Los ojos los tenía redondos y algo almendrados, totalmente oscuros, sin parte blanca alguna, es decir, sin esclerótica.
En un momento dado, ambas nos miramos. No sé que me dijo ella, pero nadamos a gran velocidad, posiblemente a más de 50 ó 70 km por hora. Nos dirigíamos hacia una cueva subterránea, estrecha y alargada, que nos servía de refugio, pues allí podíamos respirar aire, ya que no estaba inundaba de agua, sino conectada con la superficie terrestre, que se hallaba a gran altura, y la luz que desde allí llegaba hasta la cueva era tenue, pero suficiente, además de entrar aire fresco.
En dicha cueva se encontraban un grupo reducido de sirenas, quizás de entre 8 y 12, aproximadamente. Reconocí a una de ellas, que en mi vida actual tiene los ojos azules, y era una compañera de clase de mi niñez a la que no veo desde hace muchos años.
En un primer momento, pensé que el miedo que sentía se debía a que quería comernos un gran animal marino, cuya cara, que era lo único del mismo que podía ver, se parecería una morena o algo similar. Sin embargo, ese animal no podía a la cueva en la que nos encontrábamos.
Todas nosotras sabíamos que íbamos a morir, pero no se debía a ese monstruo que quería comernos, sino a que se estaba inundando el planeta Tierra. Una intensísima lluvia que bien podría ser granizo caía sin cesar sobre la superficie del mar. Por eso, cuando la sirena que hoy es mi hermana y yo regresamos a la cueva, fue para confirmar al resto de las sirenas que pronto el agua entraría por la apertura de la cueva y nos quedaríamos sin aire. La muerte era inminente, pues si salíamos de allí, el monstruo nos comería.
Finalmente, todas las sirenas morimos ahogadas. Recuerdo que el miedo desapareció en el instante de nuestra muerte, y al menos yo alcancé la paz, la gran tranquilidad que siempre llega con la muerte.

Muchas gracias y hasta la próxima.
27/09/2.015.
MARÍA MARTÍNEZ RUIZ
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