Desde siempre me ha interesado ver el mundo en su totalidad, más allá de lo que ven mis ojos. Crecí escuchando historias sobre espíritus que no abandonaban esta dimensión y muchas otras cosas por el estilo. Siempre fui una persona muy intuitiva, y con el paso de los años he ido desarrollando esa intuición en la medida de lo posible.
En mi peregrinaje por esta vida siempre he ido buscando nuevos conocimientos, nuevas herramientas que me permitiesen desarrollarme en todos los sentidos, descorrer el velo que nos separa de esos otros mundos invisibles que nos rodean e interpenetran, que forman parte de nosotros mismos, aunque la mayoría no sea consciente de ello en absoluto.
Si bien es cierto que esta naturaleza mía me ha llevado a ver muchas cosas que otros no han visto, también he de reconocer que nunca había tenido ninguna experiencia con seres de otras razas y /o planetas hasta hace muy poco tiempo. Seguramente, ello es debido a que sentía una gran aversión hacia ellos, tal y como ya he tenido oportunidad de comentar en alguno de mis artículos anteriores, entre ellos el titulado “Los reptilianos y yo, el ayer y el hoy”.
Pues bien, en cuanto esta situación cambió y tomé conciencia de la existencia de seres de otras razas de procedencia extraterrestre, y de la presencia de los mismos en nuestro planeta y la situación de opresión en la que se encuentra la humanidad a manos de aquéllos, durante mis meditaciones comencé a preguntar si yo había tenido alguna relación con tales seres o si podía tener acceso a alguna información importante relativa a los mismos.
En el mes de abril del 2.015, durante una de mis meditaciones, al preguntar si yo había tenido contacto en alguna ocasión con los citados seres de procedencia extraterrestre, tuve una visión de una vida pasada mía.
Yo era un hombre, alto, bastante corpulento y atlético, con músculos bastante desarrollados. Mi piel era de un color dorado. Llevaba la cabeza rapada y todo el cuerpo perfectamente depilado, y mi piel brillaba como si me hubiese untado todo el cuerpo con alguna loción hidratante.
Por ello, no sé de qué color era mi pelo, pero tenía las cejas oscuras y bien perfiladas, los ojos oscuros y rasgados, una cara bella, con una fuerte mandíbula cuadrada.
Vestía únicamente una especie de faldón que me cubría hasta por encima de las rodillas, de un tejido blanco, ceñido a mi cintura con un cinturón de oro.
Me hallaba de pie, ante una de las entradas principales de una de las pirámides de Giza, con total certeza, ya que yo era una especie de guardián. No era alguien sagrado, como un Sumo Sacerdote, pero sí que formaba parte de una guardia especial de gran relevancia, pues vigilaba el acceso a la pirámide, y debía velar ya no por la seguridad de los Seres “Sagrados” que las visitaban, lo que en realidad era innecesario, ya que ellos eran mucho más grandes y fuertes que nosotros en todos los sentidos, sino que debía asegurar su comodidad, su intimidad, para que no fuesen molestados por nada ni nadie, ya que eran seres muy temidos por todos los humanos, y muy irascibles.
La entrada que yo custodiaba estaba situada a una cierta altura del suelo, y desde mi posición contemplaba una gran extensión del paisaje que nos rodeaba. El día estaba bastante avanzado y el abrasador sol del desierto lo bañaba todo, aunque a mí no me molestaba en absoluto. El clima era caluroso y seco, en el aire flotaba algo de arena del desierto que nos rodeaba, pero yo me mantenía perfectamente limpio e impecable en todo momento.
Portaba una especie de lanza dorada casi tal larga como mi cuerpo, terminada en punta, y la cruzaba sobre mi pecho, de manera que bloqueaba la entrada de la pirámide.
En aquellos instantes reflejados en mi visión, en una cámara subterránea se encontraba un reptiliano. Dicha cámara estaba situada bajo tierra, sin embargo, se habían practicado estratégicamente ciertas aberturas en el techo que permitían que entrasen pequeños haces de luz solar a la habitación, que por lo demás se hallaba en penumbra. Era una sala de techo alto, algo espaciosa y que daba a un pasillo amplio que conducía a otras estancias de la pirámide.
En el centro de la sala había situado una especie de trono de piedra, no muy alto, en el que se encontraba sentado el reptiliano. Sentí que había llegado recientemente y estaba impaciente porque le informaran de todo. Percibí que era un ser bastante prepotente, cruel, impaciente, un tirano total. A su alrededor había todo un séquito de humanos postrados en el suelo que le facilitaban la información que él quería saber.
En cuanto a la descripción física de aquel reptiliano, al estar sentado en una habitación en penumbra no puede visualizarlo en detalle, pero vi que tenía forma humanoide, aunque tenía una larga cola que en posición supina debía llegarle hasta el suelo, y era bastante más alto y corpulento que los humanos. Todo él, pues se trataba sin ninguna duda de un macho, estaba recubierto de escamas de un color verde algo oscuro.
No me cabe ninguna duda, por lo que pude ver y por lo que yo misma sentía en aquélla vida, que ese reptiliano y otros más que también frecuentaban el lugar, ostentaban la categoría de Dioses, eran muy temidos por todos y eran venerados y adorados por todos los humanos del lugar.
Nota: En el Libro de Anton Parks titulado “El Secreto de las Estrellas Oscuras” se encuentra la siguiente definición: “DUAT: Red de Túneles bajo la Meseta de Gizeh (Egipto), y que se extiende hasta Tebas.”
A. PILAR MARTÍNEZ RUIZ

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