Yo era un hombre humano. Mis ojos eran bastante similares a los que poseo en la actualidad, y mi cabello era castaño claro, casi pelirrojo, y lo llevaba algo largo a la altura del cuello, también llevaba barba del mismo color.
Era alto, delgado, pero con los músculos marcados bajo mi piel blanca. Vestía una especie de taparrabos de color marrón, y en los pies llevaba una especie de botines, por llamarlos de alguna manera, confeccionados en ese mismo material. El clima de aquél lugar en el momento de la visión al menos era cálido. Era alguien humilde, un esclavo humano, pero parece que poseía ciertos conocimientos o habilidades en la profesión que desempeñaba que me proporcionaban una posición laboral algo por encima a otros hombres humanos.
En los instantes de mi visión, yo estaba de pie junto a la orilla de un caudaloso rió, contemplando el recorrido y los márgenes del mismo. Cerca del rió transcurría un camino amplio, por el que caminaba un gran macho reptiliano en aquellos momentos, a la sombra de los numerosos árboles que allí crecían. Se trataba sin duda de un macho, bastante alto y fornido, y en este caso iba casi desnudo, solo vestía una especie de taparrabos confeccionado con algún fino tejido de color blanco. No tenía pelo ni en la cabeza ni en el cuerpo. Su piel, de un color verde oscuro, estaba recubierta de grandes escamas que destacaban bastante sobre la piel.
Nuestra labor en aquellos momentos estaba relacionada con la excavación de una serie de canales para conducir el agua del rio hacia otros lugares. Habíamos estado trabajando más lejos de allí, en otra parte del recorrido del rio, y en aquellos momentos estábamos de vuelta al haber finalizado la jornada de trabajo, pues el atardecer estaba cercano.
El reptiliano se dirigía hacia una base subterránea que se abría en el flanco de una estribación montañosa que no era muy alta, como si el interior de dichas instalaciones se encontrasen debajo de dichas colinas, bajo tierra, lugar al que conducía directamente el amplio camino por el que caminaba dicho ser. No sé dónde nos alojábamos los humanos que caminaban por allí cerca y yo mismo.
Lo que me llama la atención en este caso es que tanto los otros hombres humanos como yo mismo paseábamos tranquilamente por la ribera del rio o por el camino de una tierra oscura con cierto matiz rojizo, y aunque guardábamos una cierta distancia del reptiliano que caminaba junto a nosotros, lo cierto es que a pesar de que era muy respetado, no era temido, o al menos no tanto como he podido observar en muchas otras visiones de vidas anteriores, en las que los humanos habitualmente estaban totalmente aterrorizados a causa de los reptilianos.
El reptiliano caminaba junto a mí y el resto de humanos como si nos conociera, como si estuviese acostumbrado a nuestra compañía, y lo mismo ocurría con nosotros, era evidente que conocíamos a aquél reptiliano, que estábamos acostumbrados a que supervisase nuestro trabajo en aquél lugar de forma habitual, por lo que le teníamos un profundo respeto, pero no miedo.
A. PILAR MARTÍNEZ RUIZ
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